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Manos alrededor de una tirada de tarot sobre el suelo

Si has visto una baraja de tarot en los últimos cien años, lo más probable es que descienda de un mazo publicado en Londres en 1909. Se conoce como Rider-Waite, por la editorial que lo imprimió y por el ocultista que lo encargó. Faltaba un nombre en esa etiqueta durante casi setenta años: el de la mujer que lo dibujó.

Antes de 1909, el tarot no se «leía» igual

Las barajas anteriores —el llamado Tarot de Marsella y sus parientes— ilustraban con escenas solo los 22 arcanos mayores. Los 56 restantes, los arcanos menores, eran poco más que naipes: cinco copas dibujadas una al lado de otra, siete espadas cruzadas. Para interpretarlos había que memorizar significados, porque la carta en sí no contaba nada.

Arthur Edward Waite, miembro de la Orden Hermética de la Aurora Dorada, encargó un mazo nuevo a una ilustradora de treinta y un años. Ella hizo algo que no se había hecho antes a esa escala: ilustró también los 56 menores con escenas completas. Una figura encorvada bajo el peso de diez bastones. Una mujer sentada en la cama, con la cara entre las manos. Un hombre de espaldas alejándose de ocho copas.

Ese cambio es la razón por la que hoy alguien puede sentarse frente a una tirada sin haber estudiado nada y entender algo. Las cartas dejaron de ser un código y pasaron a ser imágenes que se pueden mirar.

Quién era

Pamela Colman Smith nació en Pimlico, Londres, el 16 de febrero de 1878, hija de un comerciante de Brooklyn. Pasó parte de su infancia en Manchester y parte en Jamaica. Estudió en el Pratt Institute de Brooklyn desde 1893, aunque lo dejó en 1897 sin terminar.

Para cuando le llegó el encargo del tarot ya era alguien: había publicado dos libros de folclore jamaicano, había diseñado escenografías, ilustraba para el círculo de W. B. Yeats y había dirigido su propia revista, The Green Sheaf, entre 1903 y 1906.

Dibujó las setenta y ocho cartas entre abril y octubre de 1909. Seis meses.

Cómo se le borró el nombre

El mazo salió a la venta etiquetado, sencillamente, como Tarot Cards. Durante décadas se habló de «el tarot de Waite», y el diseño se le atribuyó a él casi por completo. Ella figuraba, cuando figuraba, como la mano que ejecutó una idea ajena.

Después de aquello encontró pocas salidas para su trabajo. Murió el 16 de septiembre de 1951 en Bude, Cornualles, a los setenta y tres años, con problemas económicos y sin haber visto nunca la dimensión de lo que había hecho.

El regreso, muy tarde

Su recuperación ha sido lenta y reciente. En 1975 se le dedicó una exposición, To All Believers, en el Delaware Art Museum y en Princeton. En 2007 se la incluyó entre las mujeres del círculo de Stieglitz. En 2019 el Pratt Institute, la escuela que dejó a medias, le dedicó una muestra en sus bibliotecas. En 2022 se publicó una biografía ilustrada suya.

Hoy cada vez más gente llama a ese mazo Waite-Smith, con los dos apellidos. Es un gesto pequeño y llega con un siglo de retraso, pero es el correcto.

Por cierto El tarot no nació como herramienta adivinatoria. Las barajas más antiguas que se conservan son italianas, de mediados del siglo XV, encargadas por los Visconti y los Sforza de Milán: eran un juego de naipes de la nobleza. Puedes ver treinta y cinco de aquellas cartas en la Morgan Library de Nueva York y otras veintiséis en la Accademia Carrara de Bérgamo. El uso adivinatorio llegó más de trescientos años después.

Por qué cuento esto

Porque cuando alguien se sienta delante de una tirada, está mirando el trabajo de una ilustradora concreta, con un nombre, que decidió cómo se vería cada una de esas escenas. No son símbolos caídos del cielo ni un libro egipcio perdido. Son dibujos que hizo una persona en Londres, en seis meses, en 1909.

A mí eso no le quita nada. Al contrario.

Un apunte. El reiki, el tarot y los registros akáshicos son terapias de bienestar y acompañamiento. No son tratamiento médico ni psicológico, no diagnostican ni curan enfermedades, y no sustituyen a tu médico. Si estás en tratamiento, no lo dejes ni lo cambies por nada que leas aquí.
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